UNA ROMERIA ENTRAÑABLE: LA DE VALLANCA A LA VIRGEN DE SANTERÓN

Puntual emergente de la valencianidad, es el Rincón de Ademuz, la corona valenciana marca nuestros limites con los reinos de Castilla y Aragón. En aquel paraje maravilloso, entre los municipios que componen tan fino mosaico, brilla con luz propia el pueblo de Vallanca y con él, una de las fiestas más entrañables de toda nuestra geografía: La Romería de la Virgen de Santerón.

Desde tiempos inmemorables las gentes de Vallanca abandonan el pueblo en estas fechas tan señaladas de Pentecostés y acuden, con profunda devoción, a venerar a la Virgen de Santerón, en la bellísima ermita que lleva el mismo nombre. El sábado de Pentecostés tiene lugar la Romería de Santerón, una visita anual a la ermita de Santerón  con un hermanamiento en la Sierra, procesión por el prado de Santerón, misa y comida  junto a la ermita.

En  la fragosidad, angostura y extensión de olorosos pinares que configuran la sierra de Santerón, se abre un fastuoso valle en cuyo centro se alzó la ermita. Había aparecido la Virgen a un caballero valenciano de Vallanca. Era Vallanca en aquella época, según  nos refieren los documentos originalmente redactados en Lengua Valenciana, “ Carrer d’Ademuç”, pero ya una peculiar población que, con el correr del tiempo  y bajo el reinado de Carlos II sería convertida en “Villa Real” del reino de Valencia.

Se daba cuenta la circunstancia de que el lugar donde apareció la Virgen al valenciano de Vallanca era territorio de Algarra, localidad de Reino de Castilla. Este hecho, en lugar de suscitar una polémica entre los dos Reinos originó un singular hermanamiento espiritual. Vallanca y Algarra, -Valencia y Castilla- consideraron esta imagen como patrimonio común y a ella se aclamaron en cuantas calamidades padecieron.

Vallanca siempre consideró a la Virgen de Santerón como imagen propia, aunque respetando las devociones de los pueblos vecinos. De esta manera se inició la Romería primaveral que hermanaba a Valencia con Castilla, esta tradición que sigue viva casi 800 años después.

En el año 1524 se dio un hecho singular. Una gran sequía asoló estos terrenos. Castilla, Aragón y Valencia sufrieron un descanso inopinado de sus fuentes, y seguramente esta sequía azuzó los efectos de la epidemia más terrible de la edad Media: la Peste. El azote de la enfermedad golpeó con furia la comarca. Hombres y mujeres morían en sus casas, el luto y el llanto se extendían por doquier.

Desamparados ante estos males, sin auxilio humano que pudiera remediarlos, los hijos de Vallanca giraron sus ojos hacia el símbolo más limpio de toda salvación: la sagrada Virgen, madre de Dios.

El sentir general expresaba una misma opinión: aquel desastre sólo podría ser eliminado por la presencia física de la Santa Imagen. Por eso el consejo de la urbe llamó a todos sus vecinos y  con la cruz alzada y estandartes cristianos se pusieron en camino.

Acudieron a la ermita llenos de aflicción, poniendo en sus rogativas toda el alma.

La Virgen salió de la ermita arropada por la multitud. Todos la vitoreaban. Todos la ensalzaban. Todos lloraban. La bajaron por la sierra y ya en la iglesia Parroquial de Vallanca, la Virgen de Santerón recibió las oraciones de un novenario, con todas las esperanzas puestas en su benéfico poder.

Y el milagro se produjo. El terrible mal que diezmaba a la población desapareció como por encanto. La mortandad se atajó. Los ya contaminados del terrible dolor experimentaron una prodigiosa mejoría.

Todos acudieron a la iglesia a manifestar su agradecimiento a la Madre de las madres. Después de efectuado tan contundente milagro los habitantes de Vallanca devolvieron  la imagen a su ermita. Pero las cosas ya no podrían ser como antes.

Por votación popular absolutamente unánime acordaron que cada siete años, y hasta el fin de los tiempos, trasladarían a la Virgen en solemne procesión para dedicarle idéntico novenario. El pueblo vestiría sus mejores galas, engalanando sus calles con flores y tapices, colgando de sus ventanas los más bellos mantones y cubres de cama. La gratitud a la Virgen había de ser eterna.

Vallanca no ha dejado de cumplir su palabra. Esto es emocionante y magnifico. Asistiremos en septiembre de 2019 al XLIII Septenario, lo que supone 301 años de tradición y agradecimiento a la madre de Dios.

Ahora en el siglo que vivimos, el S.XXI los vallanquenses seguimos con este relevo delegando nuestra huella para hacer más grande nuestra Fiesta.

Engrandecerla significa participar más y mejor, manteniendo vivas nuestras costumbres. Son unas fiestas de encuentro, de volverse a reunir amigos y familiares, que se saben convocados, reunidos, por nuestra Madre la Virgen de Santerón.

Existe la Cofradía de la Virgen de Santerón, fundada oficialmente el 26 de Agosto de 1997, con la finalidad principal de colaborar en el mantenimiento de la devoción y  en el mayor esplendor de los actos de culto que se le rinden, intenta desde esa fecha cumplir estos objetivos y ser en la medida de sus posibilidades un elemento dinamizador en la vida religiosa y cultural de nuestro querido pueblo. 

En definitiva, estas fiestas  que se celebran cada siete años del 16 al 26 de Septiembre son las fiestas que los Vallanquenses esperan con más ilusión, es la costumbre más arraigada, rememorar un recuerdo que reafirma nuestra identidad y sirve para mejorar la convivencia y la relación entre todos, los que están en Vallanca y los que llegan de fuera.

Son las fiestas con más personalidad de Vallanca.

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